Aquellos viajes de los ochenta

vacaciones en los ochenta

¿Recuerdas cómo era viajar a otros países en la década de los años ochenta? Era toda una aventura, sobre todo si se iba en coche, porque los viajes eran interminables. Nuestro punto fuerte no eran los idiomas, el francés aún se daba y el inglés comenzaba en los colegios. Por ello, siempre había que contar con alguna clase de servicio de traducción turística para comunicarse.

Viajes en los ochenta, toda una epopeya

Portugal o Francia eran los destinos europeos más asequibles para ir en coche en los ochenta, aunque eran viajes soporíferos. Los coches no eran muy veloces, iban con toda la familia y las maletas y las carreteras no eran las mejores. El resultado era una epopeya en la que se podía tardar un día entero en llegar a Lisboa, por ejemplo.

Si había más dinero, se iba en tren o al aeropuerto y comprar un billete a cualquier capital europea. Aunque también se podía ir a alguna de las pocas agencias de viajes existentes o fiarse de los anuncios del periódico. Montar en avión era como hacer un viaje espacial, todo era comodidad y avances tecnológicos. Por lo menos a mí, me parecía eso, aunque hoy en día es algo de lo más normal del mundo.

Lo que me gustaba en los ochenta es que los asientos del avión eran enormes, pero recuerdo gente fumando como si nada. Hoy en día, ambas cosas son impensables en cualquier clase de vuelo, ni siquiera en primera clase.

Cualquier destino europeo era impresionante

Una vez en destino, comenzaba lo divertido. Mis padres con su francés macarrónico y yo con mi inglés básico para intentar comunicarnos. Cuántas veces hubiéramos necesitado los servicios de traducción de un profesional para ayudarnos. Pero aquellos detalles eran los que hacían de cada viaje algo único.

Como no había tanta globalización como ahora, todo lo que nos encontrábamos en otro país era increíble. Nos volvíamos locos con la cámara intentando sacar fotografías a todo. El problema era el carrete, que se gastaba y había que sacar foto solo a lo más importante. El resto, era cuestión de comprar postales y enviarlas desde el mismo destino.

Una de las cosas que más nos llamaba la atención era la comida de otros países. ¡Que rara era! ¿Mejillones al vapor con mayonesa? ¿Arenques crudos? ¿Caracoles? En los diferentes países a los que fuimos nos pareció que todo era surrealista. ¡Europa, tan cerca y tan lejos de nosotros!

El hecho de que los coches condujeran al revés en el Reino Unido nos llamó mucho la atención. La interminable cantidad de tiendas que pudimos ver en París era increíble o en Berlín también nos dejó boquiabiertos. Vamos, que éramos como Paco Martínez Soria cuando llega del pueblo a la estación de Chamartín y descubre Madrid.

Todo nos llamaba la atención. La arquitectura, lo limpio que estaba todo, la hospitalidad de sus gentes. Incluso los souvenirs eran diferentes, por lo que siempre hacíamos buen acopio de ellos para regalar a familia y amigos.

Hoy en día todo aquello ha quedado atrás. La forma de viajar es diferente, la globalización ha cambiado el panorama viajero. Pero hay algo que no ha cambiado mucho y es nuestro talón de Aquiles, los idiomas.

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